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Uno más: Salva una vida

hace 6 horas
4 min de lectura

Recordar que el milagro más grande que podemos experimentar y compartir es la salvación de una persona, y que Dios nos llama a tener compasión por quienes todavía no lo conocen.


Introducción: ¿Cuál es el milagro más grande?


Todos tenemos motivos para agradecerle a Dios: nuestra familia, el trabajo, la salud, la provisión y las puertas que Él nos ha abierto. Cada una de estas bendiciones es importante, pero hay algo mucho más grande: la salvación de nuestra alma.


Jesús dijo en Marcos 8:36:

“Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?”

Podemos ver a una persona que tiene un buen trabajo, una familia hermosa y estabilidad económica, y pensar que tiene todo lo que necesita. Sin embargo, la mayor necesidad del ser humano no es material, sino espiritual: necesita a Cristo.


Si entendemos cuánto hizo Jesús por nosotros en la cruz, también entenderemos el valor que tiene una vida para Dios.


Pregunta para reflexionar: ¿Cuántas veces nos preocupamos por las necesidades materiales de alguien, pero olvidamos su necesidad espiritual?


¿Cómo podemos desarrollar compasión por los demás?


Ver a las personas como Dios las ve

En ocasiones, juzgamos la vida de los demás por lo que tienen, por sus logros o por lo bien que parecen estar. Pero Dios mira el corazón.


Jesús no veía solamente multitudes; veía personas que necesitaban dirección, amor y salvación.


Mateo 9:36 dice que Jesús tuvo compasión de las multitudes porque estaban desamparadas y dispersas, como ovejas sin pastor.


Tener compasión significa dejar de ver a las personas como una molestia, un problema o alguien diferente a nosotros, y comenzar a verlas como personas que necesitan conocer el amor de Dios.


Tal vez esa persona que siempre está sonriendo está atravesando una lucha que desconocemos. Tal vez nuestro compañero de trabajo, un familiar o un vecino necesita escuchar una palabra que lo acerque a Jesús.


No se trata de sentirnos mejores que los demás, sino de recordar que nosotros también necesitamos la gracia de Dios.


Escuchar la voz de Dios y obedecer

En Hechos 16:25-31 encontramos la historia de Pablo y Silas en la cárcel. Aunque estaban heridos y encarcelados, oraban y cantaban himnos a Dios. Después de un terremoto, las puertas se abrieron y las cadenas se soltaron.


El carcelero, pensando que los presos habían escapado, estuvo a punto de quitarse la vida. Pero Pablo intervino y le gritó que no se hiciera daño.


Entonces el carcelero preguntó:

“Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” - Hechos 16:30.

Pablo y Silas no se limitaron a pensar en su propia libertad. En medio de una situación difícil, estuvieron atentos a la necesidad de otra persona.


A veces Dios puede poner en nuestro corazón el deseo de hablar con alguien, visitar a un familiar, orar por un compañero o invitar a una persona a la célula. Quizá no sea el momento más cómodo, pero debemos estar dispuestos a obedecer.


La compasión no consiste solamente en sentir algo por alguien; también consiste en actuar cuando tenemos la oportunidad de ayudarlo.


C. Poner las necesidades de otros por encima de nuestra comodidad

Muchas veces queremos compartir el evangelio, pero esperamos el momento perfecto.


Pensamos que estamos demasiado ocupados, que la otra persona no nos escuchará o que quizá se molestará. Y, mientras esperamos, las oportunidades pasan.


Pablo y Silas nos enseñan que, aun en medio de nuestras propias dificultades, podemos ser instrumentos de Dios para bendecir a otros.


Esto no significa que debamos descuidar a nuestra familia o nuestras responsabilidades. Significa que no debemos permitir que nuestra comodidad nos impida amar y servir.


Quizá salvar una vida no requiera hacer algo extraordinario. Puede comenzar con una conversación, una oración, una invitación o simplemente escuchar a alguien que está pasando por un momento difícil.


Dios puede usar nuestra disposición para hacer una diferencia eterna en la vida de otra persona.


3. El reto: ¡Uno más!


Imaginemos qué sucedería si cada persona de nuestra célula decidiera comprometerse a alcanzar a una persona que todavía no conoce a Jesús.


No necesitamos comenzar con grandes multitudes. Podemos comenzar con alguien cercano.

  • Un familiar que todavía no conoce a Cristo.

  • Un amigo que se ha alejado de Dios.

  • Un compañero de trabajo que necesita esperanza.

  • Un vecino con quien podemos compartir el evangelio.


Esta semana, el reto es sencillo: identifica a una persona, ora por ella y busca una oportunidad para compartirle el amor de Jesús.


No podemos obligar a nadie a creer, porque la decisión le corresponde a cada persona.


Nuestra responsabilidad es amar, orar, compartir el mensaje y permitir que Dios obre en su corazón.


Recordemos las palabras de Santiago 5:20, que nos muestran el valor de ayudar a alguien a volver del error de su camino.


Quizá esa conversación que hoy parece pequeña sea el comienzo de una transformación que dure toda la eternidad.


Conclusión


Nunca debemos olvidar de dónde nos rescató Dios y cuánto significó para nosotros conocer a Jesús.


La salvación es un regalo que recibimos por gracia, y ese regalo también debemos compartirlo con otros.


Quizá no podamos cambiar el mundo entero, pero sí podemos comenzar por una persona. No sabemos cuánto tiempo tenemos para hablar con alguien, pero hoy tenemos la oportunidad de hacerlo.


Que nuestra oración no sea solamente: «Señor, bendice mi vida», sino también: «Señor, úsame para bendecir y alcanzar la vida de alguien más».


¡Que esta semana nuestra meta sea uno más para Cristo!



Nuestra oración es que Dios te hable de manera personal y que encuentres la dicha de pasar tiempo en Su presencia cada día. Con mucho amor, Pastores Douglas y Marcia Vergara.

 
 
 

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