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Uno más: Que alcanzó a muchos

hace 32 minutos
6 min de lectura

Un encuentro genuino con Jesús transforma nuestra vida, cambia nuestras prioridades y nos convierte en instrumentos para que otros también lo conozcan.


¿Cuántas personas pueden ser alcanzadas por una sola vida?


Hay personas que viven pensando que no tienen mucho que ofrecerle a Dios. Creen que necesitan saber mucha Biblia, predicar como un pastor, tener un ministerio reconocido o poseer una personalidad extraordinaria para alcanzar a alguien.


Pero Juan 4 nos presenta a una mujer que tuvo un encuentro con Jesús y, en cuestión de minutos, se convirtió en el instrumento para que muchos de su ciudad se acercaran al Salvador.


Ella no tenía un púlpito. No tenía un título ministerial. No había estudiado teología durante años. Tenía algo mucho más sencillo: una experiencia real con Jesús y la disposición de compartirla.


La pregunta no es solamente cuánto conocemos de Dios, sino cuántas personas están siendo acercadas a Él a través de nuestra vida.


La mujer samaritana nos enseña tres verdades fundamentales:

  • Jesús ve lo que otros ignoran

  • Jesús transforma lo que otros juzgan

  • Jesús utiliza a personas comunes para alcanzar a muchos.


1. Mira a las personas como Jesús las mira


Jesús llega al pozo y encuentra a una mujer samaritana. Desde la perspectiva social de aquel tiempo, existían barreras importantes entre judíos y samaritanos. Además, Jesús era un hombre y ella una mujer que estaba teniendo una conversación pública con Él.


Sin embargo, Jesús no permitió que las barreras culturales, sociales o religiosas determinaran su disposición para acercarse.


Donde otros podían ver a una samaritana, Jesús vio a una persona que necesitaba conocer el regalo de Dios. Donde otros podían detenerse ante las diferencias, Jesús encontró una oportunidad para ofrecer vida.


No puedes alcanzar a quien te niegas a mirar con compasión

A veces queremos que las personas cambien antes de acercarnos a ellas. Queremos que dejen sus vicios, que ordenen su familia, que corrijan sus errores o que abandonen sus malas decisiones antes de compartirles el amor de Dios.


Pero Jesús no esperó a que aquella mujer resolviera su vida para hablar con ella.


Hay personas a nuestro alrededor que sonríen, pero están luchando en silencio. Hay compañeros de trabajo que parecen tenerlo todo, pero viven vacíos. Hay familiares que se han alejado de Dios y vecinos que jamás han escuchado un mensaje de esperanza de alguien cercano.


Y aquí viene una pregunta confrontante:

¿Estamos viendo a las personas con los ojos de Jesús o las estamos clasificando según

sus errores, su apariencia, su pasado o su manera de vivir?


Jesús vio una necesidad que el agua del pozo no podía resolver

La mujer había ido a buscar agua, pero Jesús dirigió la conversación hacia una necesidad espiritual más profunda.


Ella fue por agua para el cuerpo; Jesús quería hablarle de la sed del alma.


Hoy muchas personas intentan calmar esa sed con dinero, relaciones, reconocimiento, entretenimiento, trabajo o logros personales. Algunas cosas pueden tener un lugar legítimo en nuestra vida, pero ninguna puede ocupar el lugar que le corresponde a Dios.


2. Cuando Jesús transforma tu interior, tus prioridades cambian


“Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad…” — Juan 4:28, RVR1960

Este es uno de los detalles más significativos de la historia.


El cántaro era un objeto cotidiano y necesario. El texto no dice que fuera malo llevarlo, ni explica expresamente por qué lo dejó. Pero narrativamente, ese detalle nos ayuda a observar cómo un encuentro con Jesús cambió la dirección de sus acciones.


Llegó preocupada por una necesidad cotidiana y salió con una noticia que no podía guardarse.


Un encuentro verdadero con Jesús no te deja igual

La mujer no se quedó junto al pozo disfrutando de su experiencia privada. Se levantó y fue a buscar a otros.


Eso nos confronta porque podemos acostumbrarnos tanto a las cosas de Dios que dejamos de responder a ellas.


Escuchamos mensajes sobre salvación, pero no hablamos de Jesús con nadie.


No basta con emocionarse en la presencia de Dios; debemos permitir que esa presencia transforme nuestra manera de vivir.


El encuentro con Jesús debe producir cambios visibles: más compasión, más obediencia, más disposición para servir y más pasión por quienes todavía no lo conocen.


No permitas que lo urgente te haga olvidar lo eterno

Todos tenemos cántaros: responsabilidades, trabajo, deudas, compromisos familiares, proyectos y preocupaciones legítimas.


El problema no es tener responsabilidades. El problema es permitir que ocupen tanto espacio que ya no quede lugar para la misión que Dios nos ha encomendado.


Podemos pasar semanas diciendo:

  • Cuando tenga más tiempo, voy a servir.

  • Cuando conozca más la Biblia, voy a evangelizar.

  • Cuando resuelva mis problemas, voy a buscar a alguien.

  • Cuando tenga más recursos, voy a apoyar la obra de Dios.


La mujer samaritana no esperó a convertirse en una experta. Compartió lo que acababa de experimentar.


3. Tu testimonio puede abrir la puerta para que muchos conozcan a Jesús


La mujer volvió a la ciudad y dijo:


“Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” — Juan 4:29, RVR1960

No presentó un discurso complicado. No intentó responder todas las preguntas teológicas del mundo. Hizo una invitación basada en lo que acababa de experimentar.


No necesitas tener todas las respuestas para comenzar

Hay creyentes que no comparten su fe porque temen que alguien les haga una pregunta que no sepan contestar.


Pero el testimonio cristiano no consiste en fingir que lo sabemos todo. Consiste en señalar con honestidad quién es Jesús y qué ha hecho en nuestra vida.


Puedes decir:

  • Antes vivía sin esperanza, pero Dios comenzó a cambiar mi manera de vivir.

  • Estaba lejos de Él y encontré una nueva oportunidad en Jesús.

  • Todavía estoy en un proceso, pero ahora sé a quién acudir.

  • No tengo respuesta para todo, pero quiero invitarte a conocer a Cristo.


Nuestro testimonio no debe glorificar nuestros errores, sino mostrar la gracia de Dios.


Una persona alcanzada puede convertirse en el comienzo de una multitud

Una mujer tuvo un encuentro. Una mujer regresó a su ciudad. Una mujer compartió una invitación. Y muchas personas terminaron conociendo a Jesús.


Ella no podía transformar los corazones de toda una ciudad, pero sí podía compartir lo que había encontrado.


Aquí está la esencia del título de este mensaje: uno más que alcanzó a muchos.


No sabemos cuántas personas podemos influenciar a través de una sola conversación.


Quizá invites a alguien a la iglesia y esa persona encuentre esperanza. Quizá compartas el evangelio con un familiar y, con el tiempo, esa familia entera se acerque a Dios.


No podemos garantizar cómo responderá cada persona, pero sí podemos ser fieles al llamado de compartir.


La invitación debe llevar a Jesús, no solamente a una actividad religiosa

La mujer dijo: “Venid, ved”.


No se limitó a decir: “Vengan a conocerme”, “vengan a escuchar mi historia” o “vengan a ver qué interesante soy”.


Esto también debe confrontar a la iglesia. Nuestro objetivo no es simplemente llenar un edificio, aumentar una lista de asistentes o conseguir reconocimiento para nuestro ministerio.


Queremos que las personas conozcan a Jesús, escuchen su Palabra, respondan a su llamado y crezcan como discípulos.


Invitar a alguien a una reunión puede ser un excelente primer paso, pero el amor por las almas no termina cuando una persona cruza la puerta de la iglesia. También implica acompañarla, orar por ella, escucharla y ayudarla a crecer en la fe.


¿Quién será ese uno más?


La mujer samaritana llegó al pozo buscando agua y salió con una misión.


Llegó con una necesidad personal y regresó pensando en su ciudad.


Llegó para resolver un asunto cotidiano y salió con una invitación que condujo a muchos hacia Jesús.


Ahora la pregunta ya no es qué hizo aquella mujer hace tantos años. La pregunta es qué haremos nosotros con lo que hemos recibido.


¿Cuántas personas conocen nuestro testimonio, pero todavía no han escuchado de nuestra boca una invitación sincera para acercarse a Jesús?

¿Cuántas veces hemos pedido que Dios alcance a nuestra familia, nuestra colonia o nuestra ciudad, mientras nosotros permanecemos esperando que alguien más haga el trabajo?

¿Cuántas oportunidades hemos dejado pasar porque estábamos demasiado ocupados, demasiado cómodos o demasiado preocupados por lo que otros pudieran pensar?

La iglesia debe salir a buscarlas con amor, compartir el evangelio y acompañarlas en su caminar con Cristo.


Todos podemos ser testigos de Jesús en el lugar donde Dios nos ha puesto.


Quizá tú seas ese uno más que Dios use para alcanzar a alguien.


Quizá una conversación tuya sea el comienzo de una restauración familiar.


Quizá una invitación tuya abra la puerta para que alguien escuche el mensaje de salvación.


Quizá tu perseverancia en oración sea parte de una historia que todavía no alcanzas a ver completa.


Un encuentro puede transformar a una persona. Una persona transformada puede alcanzar a una familia. Y una familia alcanzada puede influir en toda una comunidad.



Nuestra oración es que Dios te hable de manera personal y que encuentres la dicha de pasar tiempo en Su presencia cada día. Con mucho amor, Pastores Douglas y Marcia Vergara.

 
 
 

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